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Filibusteros

By Mónica | August 29, 2008

Esa mañana me levanté muy animado. La hamaca del camarote resultó más cómoda y fresca de lo que pensaba… y el oleaje me meció suavemente toda la noche. Salí a la cubierta para disfrutar del tibio sol y la brisa marina; junto al ruido del velamen totalmente extendido y agitado por el viento, en el momento se llenaron todos mis sentidos. A lo lejos, divisé una flota de embarcaciones que se dirigía hacia nosotros. El vigía en lo alto trataba de cerciorarse antes de informar, pero yo reconocí al barco insignia, con las letras “SS” en la bandera. Teníamos noticias de que este discípulo de Sir Francis Drake, menos astuto pero mas sanguinario, estaba recorriendo los mares cercanos en busca de tesoros de toda clase, desde agua potable hasta joyas y dinero. Lo escoltaba un navío harto reconocido: el Panta. Llamado así por su capitán, el apodado Pantalones Rotos, este vetusto barco había naufragado cientos de veces, y estaba tan remendado que hacía agua en cada tormenta. Nunca navegaba solo, y era común que salga de cacería detrás de otros barcos piratas. En cada puerto lo conocían, y cuando se divisaba su silueta, los comerciantes cerraban sus puertas porque las mercaderías de dudoso origen, ya rancias y en contacto con las ratas que habitaban las bodegas del Panta, contaminaban el mercado y ahuyentaba a los clientes. Hasta las prostitutas se escondían, porque no había dinero que las hiciese soportar el hedor del capitán y su marinos, que en su mayoría eran esclavos negros capturados. Así que resta decir que el desánimo me invadió ante tal escena… Rápidamente el timonel cambió de rumbo ante la orden, y los oficiales y grumetes buscaron las municiones, preparándose ante una eventual acción defensiva. Los oficiales de a bordo tomaron sus posiciones, interrumpiendo el suculento desayuno que estaban tomando a esa hora. Sin embargo, a pesar de izar todas las velas y navegar a favor del viento, el SS nos dio alcance, y luego de los cañonazos que afectaron la estructura del barco, ya no pudimos evitar que los corsarios suban y tomen el control. El capitán del SS subió a bordo penosamente, una enfermedad lo aquejaba, y aunque ya no era el de antes, tenía fuerzas suficientes para planificar y ejecutar los asaltos. Estaba flanqueado por dos mujeres, una gorda y otra flaca, ambas muy desarregladas y gritonas, que se apresuraron en arrebatar cuanto tenían a su alcance. Detrás de él, el capitán del Panta, vociferaba y daba indicaciones que se cumplían a regañadientes, supongo que no tanto por obediencia sino como excusa para no estar en su pestilente presencia. Unos días después, saciadas las necesidades y dejando las bodegas vacías, los invasores se retiraron dejando la embarcación en un estado lamentable. Lentamente tratamos de retomar el rumbo hacia el puerto de donde zarpamos. Ahí estaba el maestro astillero que fabricó nuestra nave, y sólo él podía reconstruirla a su estado original e incluso introducir mejoras en su desempeño; nos conocíamos desde siempre, y con su sabiduría de milenios, confortaría mi alma en el proceso. Cuando atracamos, miró con detenimiento cada porción del barco maltrecho, y mientras lo recorría, caminé a su lado escuchando sus sugerencias serenas. Me ofreció quedarme en su casa mientras duraban las reparaciones. Como en otras oportunidades, él se haría cargo de mí en forma íntegra, mientras sanaba mis heridas y ordenaba mis pensamientos. Ahora estoy descansando en una playa cercana, a la que voy caminando desde la casa del astillero. Igual, todo este proceso no debe durar; el también sabe que debo volver al mar lo antes posible, que si paso mucho tiempo en tierra firme, me mareo.

Topics: Historias, Personal |

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